La desaparición de Roque

 En una gran ciudad de torres altas y largas carreteras vivía una clan muy peculiar. Eran dos adultos y tres niños de personalidades muy diferentes entre sí. El más pequeño de los tres, Roque, tenía 600 primaveras y en existencia era un aparecido muy deseable que se dedicaba a asaltar pastelerías por las noches. Loreto era la hija viejo, una adolescente mujer fatal de doce siglos de vida y gran barragana de la música clásica. Se pasaba los días escuchando a Vivaldi y a Beethoven. La hermana del medio era Cactus, una pupila lobo de nueve siglos que era superdotada y fan de las plantas y las flores. A esta gran clan se sumaban dos mascotas. Un búho llamado Lupo y una comadreja que se hacía denominar Melisa.

Un día de otoño tenían previsto reunirse con unos familiares que habían venido de muy remotamente para asistir a una fiesta de Halloween. La clan se montó en su furgoneta. Roque con una gran penitente de plátano en la mochila, Loreto con su iPod y su música clásica y Cactus con su enciclopedismo de plantas exóticas.

Todos los vecinos esperaban ansiosos la fiesta de Halloween. Era una perplejidad que grandes y pequeños disfrutaban mucho. La fiesta se celebraba en un perímetro cerrado. Al fondo del todo había un pantano al que los padres de los tres niños les habían prohibido ir, pero sin dar más explicaciones. A Roque no le parecía suficiente razón y necesitaba asimilar qué había allí. Otro chico, para picarle, le dijo que allí había niños y familias muy distintos a ellos, completamente humanos y mortales y no con varios siglos de vida a sus espaldas. Alarmado por lo que acababa de escuchar, Roque emprendió el camino con destino a el balsa con tanta prisa que hasta se olvidó su penitente en el suelo. Eso fue lo que sirvió para dar la voz de rebato. El hermano de Roque encontró la penitente. A quien no encontró fue a su hermano.

Pasaron los días y los meses y empezaron a producirse cosas raras que dieron a los padres de Roque pistas acerca de dónde podría estar su hijo. La primera fue un intenso olor a melindre que provenía desde el otro costado del balsa. La segunda, una gran cesta de magdalenas que apareció un día en el felpudo de casa. Siguieron el señal hasta que se encontraron con una gran sorpresa. Roque se había quedado a proceder allí, al otro costado del balsa, y era un obligado pastelero, lo que siempre había soñado.

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