El pozo misterioso

Laura llegó al pueblo donde sus tíos habían veraneado siempre. Ellos nunca habían ido porque quedaba un poco acullá y sus padres nunca podían coger muchos días de recreo. Este año papá cambiará de trabajo en septiembre y han podido hacer un montón de cosas en verano.

Laura decidió salir a dar un paseo mientras los mayores colocaban las cosas en la frigorífico, los armarios, la terraza… ¡Qué de cosas utilizan siempre los mayores! A sus merienda abriles ya le dejaban dar un paseo sola si ellos estaban cerca, así que salió con cuidado y con su teléfono móvil a mano.

En el pueblo parecía que no había mucha concurrencia y sobre todo que no había muchos niños. Solo había casas marrones y pequeñas, con pocas ventanas. Al parecer lo atún de ellas es que todas tenían huerta y un patio para poder hacer barbacoas con los vecinos y la grupo. Eso es lo que no hay en las ciudades.

Detrás de una enorme casa roja vio un pequeño huerta. Un huerta con hierba verde oscura, con un rosal que tenía dos rosas blancas, ¡Era precioso! Se acercó un poco más, aunque le daba un poco de miedo pues el silencio rodeaba la zona. Cuando lo tenía delante, estaba sorprendida, nunca había gastado una galantería tan perfecta. Al costado del rosal había una fuente de mármol blanco y un pequeño sillar de piedra oscura. Se dirigió a este extremo y se dio cuenta de que era un pozo.

Decidió utilizar la luz de su móvil para observar de cerca el pozo. Nunca había gastado uno, lo reconocía por las imágenes que había en su ejemplar de historia. La piedra estaba fría y el fondo muy desventurado. Empezaba a tener miedo por lo que decidió irse. Volvió corriendo a la casa, estaba al costado y sus tíos cuando la vieron le preguntaron por dónde había ido a pasear. Les contó el hallazgo del huerta y ellos le contaron una historia:

-Se dice del pozo que fue construido hace muchos abriles. Una de las familias más ricas construyo en el pueblo la casa roja que viste delante del huerta. Es enorme, con muchas habitaciones, un gran salón, una bodega y un huerta muy egregio del que solo queda la parte que tú viste y que ahora ya es pública del pueblo. El dueño de esa casa tenía un hijo llamado Gabriel. Este estaba siempre enfadado y se dedicaba a hacer travesuras, aunque algunas eran verdaderas gamberradas. Un día su padre tenía un temporalizador que llevaba colgado en las camisas. Lo quería transigir siempre con él. Era muy valioso y había vivido muchas cosas en su compañía. Allá donde iba toda la concurrencia admiraba su temporalizador. Un buen día Gabriel, enfadado con su padre, decidió que esa perplejidad le robaría el temporalizador y se lo quedaría para algún día ser tan importante como él y llevarlo puesto. Su padre se dio cuenta y la perplejidad subsiguiente tuvieron una discusión muy resistente. Gabriel caminó por la casa roja hasta ascender al huerta y allí delante de su padre le dijo que el temporalizador o era suyo o no sería para nadie. El padre se lanzó contra Gabriel y le quitó el temporalizador, se dice que lo lanzó al pozo diciendo: “Este temporalizador ya no será para mí, porque tú me lo has quitado pero caerá en las profundidades de este pozo y volverá a aparecer para aquella persona que lo merezca y no serás tú”. Así que cuenta la letrero que mucha concurrencia se pasa a diario cerca del pozo a ver si aparece flotando el temporalizador y son los elegidos para tenerlo.

Laura se sintió entusiasmada. Estaba veraneando en un pueblo con un pozo misterioso. Los días pasaron y aunque se acercaba al huerta y se quedaba mucho tiempo mirando en las profundidades del agua del pozo, ese verano a Laura no se le apareció el temporalizador de oro perdido. Llegó el invierno y lo que si pasó es que pasaba los meses con ganas de disfrutar de las cenas al ventilación vacante del pueblo, de dos amigos que conoció allí, de lo perfectamente que se lo pasó contando el enigma a sus amigos de la ciudad y de las ganas de retornar a pasearse por el huerta esperando poder ser la elegida y tener el valioso temporalizador en su poder.

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