El misterio de Oto, el niño regordete

 Oto regresaba a casa, como todas las tardes, tras un dadivoso entrenamiento deportivo o una intenso partido con los compañeros de equipo. Y es que Oto era un caprichoso que hacía mucho deporte. Por eso sorprendía tanto a todos que cada vez estuviera más gordito.

Ese día Oto entraba refunfuñando, porque los pantalones le apretaban en la cintura. Su causa, cuando lo escuchó, le dijo:

-¿Cómo es posible, Oto? Te compré esos pantalones hace tres meses, y te bailaban un poco sobre la cintura.

-Es que estoy creciendo, mamá -le decía Oto.

-No sé qué decirte, hijo -replicó su madre-. Me parece excesivo que estés creciendo así.

-Es todo un intriga de la naturaleza, mamá -dijo Oto.

La causa de Oto no quiso seguir con la conversación, porque no quería agobiar a su hijo. Pero lo cierto es que el caprichoso estaba engordando muchísimo. Y no entendía por qué, con todo el deporte que el caprichoso hacía. Adicionalmente, el caprichoso comía de todo y en casa no había nunca patatas fritas, chocolates, refrescos azucarados ni pastelería industrial, y sí mucha fruta, mucha verdura y muchos productos integrales.

Los amigos de Oto igualmente se habían poliedro cuenta de que su amigo estaba cada vez más gordito. Ellos siquiera se lo explicaban, porque Oto no paraba de moverse en todo el día, siempre que era posible. De hecho, al punto que le veían en el recreo y, cuando volvía a clase, llegaba sudando de tanto pasar. Y siempre llevaba fruta o barritas de cereales integrales y agua para el recreo, no como la mayoría, que llevaban pastelería, chocolate o embutidos.

Un día, la causa de Oto decidió darle una sorpresa y lo fue a apañarse a la salida del entrenamiento. Cuál fue su sorpresa cuando descubrió que Oto no estaba allí. Asombrada se quedó cuando el preparador le dijo que Oto llevaba todo el curso sin ir.

La causa de Oto volvió a casa y, cuando su hijo volvió, hizo como si no hubiera pasado ausencia.

-¿Qué tal el entrenamiento, hijo? -le preguntó.

-Atosigante, mami, duro -dijo el caprichoso. Su causa no dijo ausencia y, al día sucesivo, lo siguió cuando salió de casa, al supuesto entrenamiento. Como era de esperar Oto ni se acercó al pabellón deportivo, sino que se desvió y se metió en un gran supermercado, ajustado a posteriori de tirar su merienda a una papelera. Cuando salió se fue a un parque y, detrás de un árbol, empezó a comerse lo que había comprado: zumo azucarado, chocolate y bollos.

La causa de Oto regresó a casa muy consternada, pero ese día siquiera le dijo ausencia. Lo que sí hizo fue ir al día sucesivo al colegio, dialogar con la maestra y pedirle que vigilara a Oto discretamente en el recreo, pues mucho se temía que a la hora del recreo hiciera poco raro con el desayuno.

Efectivamente, la maestra descubrió que Oto se encontraba con otro caprichoso en una zona apartada del colegio y se cambiaban el desayuno. El otro caprichoso se quedaba con la fruta, la barrita de avena o el panecillo de pan integral, conexo con la botella de agua, y Oto se comía el jaleo industrial y el zumo envasado.

Esa misma tarde, cuando Oto llegó a casa, su causa lo recibió como siempre y, con mucha alegría, le dijo:

-¡Acabo de resolver el intriga de tu cotilla crecimiento, y de por qué se está produciendo más a lo orondo que a lo parada! -dijo su causa, sin morderse la dialecto.

-¡Mamá! -exclamó Oto-. ¿Me estás llamando inflado? Solo estoy un poco rellenito, pero es porque mi constitución es así.

-No intentes manipular mis palabras, jovencito, ni mucho menos quieras confundirme -dijo su madre-. En media hora tenemos cita con el médico entendido. Vamos a un entendido para que ponga remedio a esa obesidad tuya que cada vez es más acusada. Y no me mires así, que ya sé a qué te dedicas por las tardes y cuál tu ocupación a la hora del recreo.

En huella, el médico confirmó que Oto tenía una obesidad tipo 1, y era necesario tomar medidas.

-No es una cuestión de estética, Oto, sino de vitalidad -le dijo el médico-. Así que haz caso a tu causa. No sabes la suerte que tienes. La mayoría de los niños obesos son justificados por sus propios padres o, simplemente, estos ignoran el gran problema al que se enfrentan si no se le pone remedio.

Tras escuchar la charla del doctor, Oto salió convencido de que tenía que hacer cambios. Esa misma incertidumbre empezaron la dieta. Al día sucesivo, su causa llamó a todos los amigos de Oto, les explicó el problema y entre todos se comprometieron a ayudarle.

Pero lo que más sorprendió a Oto fue que estar a dieta no significa tener lugar deseo. Al contrario, Oto comía muchas veces al día cosas riquísimas que su causa le preparaba. Y como tenía más energía y se sentía mucho mejor, perder peso fue pan comido (eso sí, pan integral).

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