El misterio de los vestidos diminutos

 El taller de Doña Eldergarda era el taller de costura donde se cosían los vestidos más hermosos y originales de todo el mundo. Doña Eldelgarda solo cosía por encargo y, como sus trabajo era tan bueno, la multitud recorría grandes distancias para ver a Doña Eldergarda. Incluso reinas y princesas hacían huesito dulce para que les tomara medidas y conseguir uno de sus vestidos.

Con el tiempo, Doña Eldergarda empezó a tener más y más clientas de todo el mundo, que incluso dormían en su puerta, a veces durante días, para hacer huesito dulce.

Doña Eldergarda entendió que su trabajo era valioso, así que subió los precios. Pero eso no hizo más que aumentar su triunfo, y las colas eran cada vez más grandes.

-Si sigo así, en poco tiempo me haré rica y podré dejar de trabajar -pensó Doña Eldergarda-. Incluso podré comprarme una gran mansión. Sí, cerca de la playa. Mejor aún, una mansión con puerto. Y en él atracaré un maravilloso yate.

Subir los precios no era suficiente. Tenía que trabajar más y más. Por eso Doña Eldergarda decidió que trabajaría día y perplejidad para conseguir su sueño.

Ya casi había conseguido reunir todo el patrimonio que necesitaba. En pocas semanas podría dejar de trabajar. Entonces, un día Doña Eldergarda empezó a oír gritos en la calle.

-¿Qué pasa ahí? -pensó Doña Eldergarda. El bullicio era tal que se asomó a ver qué ocurría.

-Ahí está, la viejo estafadora del mundo -se oyó sostener.

-¿Qué ocurre? -preguntó Doña Eldergarda.

-Se ha corrido la voz de que tus vestidos ya no son lo que eran, Doña Eldergarda -dijo alguien-. Todas las que estamos aquí tenemos el mismo problema. Nuestros vestidos son demasiado pequeños.

-Yo no tengo la desliz de que hayáis engordado desde que os los confeccioné -dijo Doña Eldergarda.

-Una cosa es que un vestido se quede pequeño y otra que le faltes tres tallas -dijo otra mujer.

-¿Qué estás diciendo? -dijo Doña Eldergarda-. Eso es inútil.

Todas las mujeres sacaron sus vestidos y se los mostraron colocándolos delante de ellas. Era evidente que los vestidos eran muy pequeños.

-Pero, ¿cómo ha ocurrido esto? -se preguntó Doña Eldergarda-. Yo he cosido esto como siempre. He trabajado más horas y más rápido, pero… ¡Esto es ocultación! ¡Cierto está contra mí! ¡He sido víctima de alguna maldición o de poco parecido!

-No digas tonterías. Queremos ver cómo lo haces, Doña Eldergarda -dijo una mujer. Otras muchas dijeron lo mismo.

Cinco mujeres entraron en el taller de Doña Eldergarda. Esta le tomó medidas de una de ellas y empezó a cortar las telas y a coserlas. Cuando acabó, Doña Eldergarda dijo:

-Pruébate el vestido. Verás como ha quedado consumado.

Pero el vestido era pequeño, tan pequeño como el otro que la misma mujer llevaba para demandar.

-¿Cómo es posible? -gritó Doña Eldergarda.

-Creo que ya he resuelto el ocultación -dijo una de ellas, con los metros que usaba Doña Eldergarda de la mano.

-Lo que ocurre es que has tomado las medidas en centímetros. Pero al cortar te has inexacto y has medido las telas en pulgadas. Una pulgada mide poco más de 2 centímetros y medio. Por eso los vestidos quedan tan pequeños.

Doña Eldergarda estaba tan obsesionada con coser mucho para triunfar patrimonio y tomaba tantos estimulantes para permanecer despierta y activa que no se había transmitido cuenta de lo que estaba haciendo.

-No sé qué sostener -dijo Doña Eldergarda-. Es un error imperdonable. Os devolveré vuestro patrimonio.

-Pero no queremos patrimonio, Doña Eldergarda -dijo una de las mujeres-. Queremos un vestido que nos quede adecuadamente. Yo estoy dispuesta a darte otra oportunidad. Seguro que las demás además.

Doña Eldergarda volvió a coser todos los vestidos que habían quedado pequeños, sin cobrar cero por ellos. Su sueño se caldo debajo a causa de su codicia. Pero recobró su buena triunfo y su buen nombre, gracias a un trabajo adecuadamente hecho y a la voluntad de querer enmendar sus errores.

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