El misterio de la escalera

 Desde muy pequeña Laura pasaba sus receso de verano en la casa de campo de su abuela yuxtapuesto a sus primos. En total eran siete niños y niñas. Los días de más calor se bañaban en un pequeño estero y por las tardes ayudaban a cuidar de los animales de la alquería.

A Laura la casa de su abuela siempre le había parecido muy misteriosa. Sobre todo por la escalera. A los niños les daba congruo miedo subirla o bajarla. Era en forma de caracol y decían que se mareaban. Por la escalera se subía al pavimento donde estaban todas las habitaciones y los baños. En el tercero se encontraba el desván. Al ocurrir las manos por la barandal, la escalera emitía un sonido parecido al de un lamento. Cada vez que lo oían, Laura y sus primos se quedaban paralizados en los peldaños y en cuanto podían buscaban un superficie para esconderse.

Una tenebrosidad, mientras toda la clan dormía, Laura se despertó con mucha sed. Decidió armarse de valía y descender las escaleras de caracol para obtener hasta la cocina y soplar un poco de agua. Encendió la luz del pasillo y cuando fue a encender la de la escalera se dio cuenta de que se había fundido. Por lo tanto, tuvo que descender casi a oscuras hasta la planta de debajo de la casa.

Puso la mano en la barandal y al momento escuchó ese sonido extraño. Decidió vigilar de dónde procedía el sonido. Comenzaron a temblarle las piernas. En ese momento la escalera volvió a emitir el lamento espeluznante. Cada vez parecía estar más cerca, como si la persiguiera. Decidió encerrarse en la cocina de un portazo. Colocó incluso un bandada de madera para reanimar la puerta. Sintiéndose segura, abrió la frigorífico y se sirvió un vaso de agua. Fue entonces cuando algún empezó a empujar la puerta para abrirla. Se quedó paralizada. Cuando comenzó a relacionarse la puerta se escondió bajo la mesa. Desde allí pudo ver las patas de un enorme animal que entraba lentamente en la cocina. De un brinco se subió a la mesa y empezó a beberse el vaso de agua que Laura se había servido. Cuando se fijó mejor, la pupila se dio cuenta de que no era tan extenso como había pensado. En existencia era un astuto adulto de color atigrado y luceros verdes. Ahí se dio cuenta de que era él quien emitía aquellos lamentos que oían desde la escalera. Debajo del postrer peldaño se había acoplado en una cama hecha con trapos yuxtapuesto a ella, porque en existencia era una gata que tenía cuatro pequeños gatitos. Ella y sus primos los cuidaron durante todo el verano y al obtener septiembre ya fueron adultos para poblar solos en la finca.

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