El misterio de la casa encantada

 Martina volvía todos los días corriendo de sus clases de ballet para que no le hiciera de sombra. De camino tenía que acontecer delante de una casa que no le gustaba mínimo. Todo el pueblo decía que estaba encantada. Y poco debía de favor de verdad en todo aquello porque, a pesar de que allí no vivía nadie, se decía que por las noches había luces y se oían unos ruidos muy extraños.

Un día a Martina se le hizo tarde y cuando salió de su clase de ballet ya había anochecido. Martina tenía mucho miedo, porque no quería acontecer delante de la casa encantada.

-Vamos, Martina, que cuanto más te lo pienses más tarde se hará -le dijo una de las niñas que iba con ella a clase. Y no le faltaba razón, pensó Martina.

Martina decidió que, al acercarse, se escondería todo lo que pudiera para que no gustar la atención de lo que hubiese internamente de la casa encantada. Y, cuando se estaba acercando, así lo hizo. Escondida entre los pocos vehículos que por allí había y utilizando los setos y los bancos Martina se fue deslizando poco a poco.

Estaba a medio camino cuando, a lo allá, vio que se acercaba algún… o poco. No sabía muy perfectamente qué era lo que veía. Lo único que pudo investigar es unas figuras blancas se introducían en la casa y, poco luego, aparecían luces tenues y extraños sonidos.

Martina se quedó allí agazapada, muerta de miedo, hasta que las figuras blancas dejaron de entrar. Entonces, la pupila se armó de valencia y salió corriendo a una velocidad que ni ella misma creía que era capaz de alcanzar. Y no paró hasta impresionar a casa.

Su origen, al verla sin aliento, se asustó mucho. Cuando le preguntó lo que le pasaba, Martina le contó a su origen lo que había conocido en la casa encantada.

-Son fantasmas, mamá -terminó diciendo Martina-. Figuras blancas entrando despacio y en silencio en la casa encantada.

-Será mejor que vayamos a ver qué pasa allí, hija -dijo su madre-. Tiene que favor una explicación.

-No, mamá, es muy peligroso -dijo Martina.

-Mañana te iré a averiguar a clase y pasaremos por allí, a ver qué pasa -dijo mamá-. Y no hay más que cuchichear.

-Pero vamos en coche -dijo Martina.

Al día venidero, Martina y su origen aparcaron el coche delante de la casa encantada, poco ayer de atardecer. Esperaron allí un rato hasta que, finalmente, empezaron a hallarse unas figuras blancas a lo allá que se dirigían a la casa.

-Ahí están los fantasmas, mamá -dijo Martina.

-Creo que hay que llevarte a doctorar la tino, hija -dijo su madre-. Son personas vestidas de blanco, como tú y como yo. Vamos, te lo demostraré. No te apartes de mi costado.

Principio hija se acercaron hasta la casa. Las luces estaban encendidas, pero todavía no se oía ningún ruido. Llamaron al timbre. Alguno abrió. Era una mujer vestida completamente de blanco.

-¿En qué puedo ayudarles? -dijo la mujer-. Estamos a punto de comenzar nuestra sesión.

La origen de Martina le contó la historia de su hija y la mujer, muy amablemente, las invitó a acontecer.

-Aquí practicamos yoga todas a última hora de la tarde -dijo la mujer-. Lo que oíste son mantras, sonidos ancestrales que utilizamos para meditar. Incluso usamos una música particular durante nuestras sesiones. ¿Os gustaría quedaros y compartir nuestra actos de hoy?

Martina y su origen aceptaron, y se quedaron impresionadas con lo que allí se hacía.

-Volved cuando queráis -les dijeron. Martina y su origen les dieron las gracias y volvieron a casa.

-Intriga resuelto -dijo la origen de Martina cuando estuvieron de nuevo en el coche.

-Gracias mamá -dijo Martina.

-La clan dice muchas cosas y es importante comprobar si son verdad, hija -dijo su origen.

-Tienes razón -dijo Martina-. No lo olvidaré.

-No te olvides siquiera que tenemos que ir al oftalmólogo -dijo mamá-. Seguramente necesites lentes.

-Si eso me servirá para ver personas en vez de fantasmas, me parece una idea estupenda, mamá.

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