El gatito que no tenía amigos

 Había una vez un gatito que estaba muy triste porque no tenía ningún amigo. El insuficiente gatito se pasaba el día buscando alguno con quien juguetear, pero nadie le hacía caso. Los ratones salían corriendo al verle, los gatos miraban por otro flanco cuando pasaba anejo a ellos, y los perros se reían de él cuando se acercaba a ellos.

-No sé por qué todo el mundo tiene amigos menos yo -lloraba el gatito-, si yo solo quiero juguetear y divertirme, como todo el mundo.

Un día, el gatito decidió resolver el intriga. Porque eso es lo que él llamaba un gran intriga. ¿Qué otra cosa podría ser si no?

El gatito fue a conversar con los ratones, pero nadie de los que se quedó cerca quiso salir de su refugio. Los demás se habían ido tan acullá que probablemente no podrían encontrar el camino de dorso.

Luego fue a ver a los gatos, pero lo único que consiguió fue unas cuantas pedradas en el cruz y un baño de agua fría y sucia.

Finalmente, el gatito fue a ver a los perros. Estos sí salieron a verle, pero en seguida se dieron la dorso con cara de aburrimiento. Solo uno de ellos se quedó para conversar con él.

-¿Qué haces aquí, gatito? ¿No ves que es peligroso que un sagaz como tú esté entre tantos perros? -le preguntó el perro.

-Yo no veo el peligro -dijo el gatito-. Los perros nunca me han hecho ausencia. Solo venía a ver si alguno me ayudaba a resolver mi intriga.

-¿Qué intriga? -preguntó el perro.

-¿Cuál va a ser? -dijo el gatito-. El intriga que explique por qué no tengo amigos.

El perro estalló en una gran carcajada. Estuvo riéndose durante cinco minutos sin detener mientras el gatito le miraba serio y extrañado.

-Perdona, gatito, es que eres muy divertido -dijo el perro.

-Tan divertido no seré cuando no tengo amigos -se lamentó el gatito.

-Todo el mundo acento de esto, gatito -dijo el perro-. Pero parece que eres el único que no se ha enterado.

-¿Sabes qué pasa? -dijo el gatito-. ¿Me vas a ayudar a resolver el intriga?

-No hay ningún intriga, gatito -dijo el perro-. Los ratones no quieren juguetear contigo porque los ratones no juegan con gatos.

-¿Por qué? -preguntó el gatito.

-¡Porque los gatos solo corren detrás de los ratones para comérselos! -exclamó el perro.

-Pero si yo no quiero comérmelos… -dijo el gatito-. Yo soy bueno. Solo quiero juguetear.

-Eso díselo a los gatos, que no quieren juguetear contigo porque dicen que eres muy bruto -dijo el perro.

-Yo no soy bruto -dijo el gatito.

-Sí, eres un bruto -dijo el perro-. Y mientras no lo aceptes y cambies de aire ningún sagaz querrá juguetear contigo.

-Pero los perros sí que son brutos y siquiera quieren juguetear conmigo -dijo el gatito.

-Porque los perros perseguimos a los gatos, y tú nos lo pones demasiado acomodaticio -dijo el perro-. Adicionalmente, la agudeza de perseguir a un sagaz es que tenga miedo y no se defienda, y eso es acoplado lo contrario que haces tú.

-Entonces, ¿qué puedo hacer? -preguntó el gatito.

-Pórtate adecuadamente y no seas tan súbito -dijo el perro-. Fíjate en los gatos que tienen amigos y, simplemente, haz lo mismo que ellos.

-¡Buena idea! -dijo el gatito-. Gracias.

El gatito siguió el consejo del perro y, aunque le costó un poco cambiar, al final lo consiguió. Ahora, el gatito tiene muchos amigos, porque se porta de forma apropiada con ellos.

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